«Cuando el pasado deja de ser «reciente» cronológicamente, el arte lo vuelve presente de manera afectiva»

El pasado 28 de abril de 2026, la Facultad de Artes firmó un acuerdo con el Museo de la Memoria (MUME), se trata de una apuesta al desarrollo artístico y museográfico, que implica colaboraciones en proyectos, diálogo permanente e instancias de intercambio académico y cultural. En el marco de la 31.ª Marcha del Silencio conversamos con los docentes e investigadores Diego Sempol, María Schmukler y Valeria Cabrera, integrantes de la Comisión Académica de Apoyo al MUME.

En esta entrevista, reflexionan sobre el desafío de actualizar las narrativas históricas a través del arte, la urgencia de interpelar a las nuevas generaciones y el rol de las prácticas artísticas para transformar el pasado en una pregunta viva y colectiva desde el presente.

¿Qué implica para ustedes como grupo de trabajo formalizar este vínculo con el MUME a
través de esta firma de convenio?

Para nuestro equipo este es un paso fundamental. No se trata solo de un papel firmado, sino de darle un marco real a una tarea que sentimos es muy necesaria, profunda y asumimos con mucha responsabilidad. Además, estamos convencidos de que el museo y la universidad tienen que ser espacios que dialoguen y cooperen entre sí de verdad, y esta es una oportunidad.
En este momento estamos revisando el guión museográfico del museo a partir de la invitación que hizo el MUME, el año pasado, a un grupo conformado por integrantes de la ASA de la UdelaR. La idea es actualizar esa matriz histórica en una herramienta que nos permita pensar la historia reciente y la memoria desde las preguntas del presente. Con el aporte de estas miradas diversas y junto a la de colectivos organizados, buscamos que ese relato no sea algo cerrado; queremos que aparezcan las tensiones, las diversidades y las historias que han quedado afuera de los archivos oficiales. El objetivo es realizar un actualización participativa, en donde se pueda actualizar la propuesta y se abra el diálogo sobre lo que es necesario mantener y lo que es imprescindible cambiar.

El convenio menciona la colaboración en proyectos de investigación y extensión. ¿Existen
ya líneas temáticas prioritarias o áreas del acervo del museo identificadas?

Sí, hay ejes muy claros. Nos interesa investigar la cultura visual de la resistencia y cómo se narran hoy temas complejos como la perspectiva de los movimientos sociales, la de hijos, los desalojos forzados, entre otros. Queremos trabajar con el acervo desde una mirada crítica, preguntándonos qué historias quedaron en los márgenes de los archivos oficiales y cómo el arte contemporáneo puede «hacer hablar» a esos objetos y documentos de formas nuevas, menos lineales.

El MUME cumple 20 años el próximo año, ¿cuál es el aporte en el desarrollo museográfico
y artístico del Mume que se espera desarrollar?

Llegar a estos veinte años del museo nos pone frente al desafío de pensar en lo lábil que es el acto de recordar y en cómo la memoria se reinterpreta y transforma con el tiempo.
Nuestro aporte busca acompañar la actualización de la narrativa visual del museo para que el relato no quede estancado. No queremos que la museografía sea algo que solo se contempla de forma pasiva, sino que buscamos generar una experiencia que atraviese el cuerpo y no se quede solo en la mirada.
El desafío es que la curaduría, el diseño espacial y las intervenciones artísticas funcionen como una mediación que permita a las nuevas generaciones, que quizás sienten la dictadura como un hecho histórico lejano, puedan percibir que la democracia no es algo dado ni permanente. Es una construcción frágil, un equilibrio que nos exige estar presentes y alertas hoy, entendiendo que cuidarla requiere nuestra atención constante.

Estamos ante una nueva edición de la Marcha del Silencio, ante el paso del tiempo
aparece el desafío de que ese pasado deja de ser «reciente», ¿qué papel tienen las artes
para mantener viva la memoria?

Las artes tienen la capacidad de nombrar lo que la lengua no alcanza. Cuando el pasado deja de ser «reciente» cronológicamente, el arte lo vuelve presente de manera afectiva. En fechas como la Marcha del Silencio, la visualidad (las fotos, los nombres, el silencio mismo como performance) demuestra que la memoria no es un lugar estático sino algo que está vivo. Es en ese sentido, que el arte nos da herramientas para mirar el presente con otros ojos y darnos cuenta de que los discursos autoritarios siempre encuentran formas nuevas de aparecer.
El arte ayuda a traer al presente asuntos, problemas y emociones. Las narrativas racionales dejan afuera muchas veces estas dimensiones, cuando deberían ser el punto de entrada.
Un museo es mucho más que un dispositivo didáctico pedagógico, y el arte es la forma de ir más allá. Poner en tensión las linealidades del presente y, a través de ese desorden, abrir brechas y nuevas miradas. En definitiva, es una forma privilegiada para resignificar y reapropiarse de un pasado siempre vivo y siempre en diálogo con el presente y las nuevas preguntas que surgen en cada contexto.

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